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Amor a la luz

El recuerdo más lejano que tengo es la ventana del cuarto de mis padres. Desperté, esa mañana parecía ser la primera de mi historia personal. El rayo del sol se colaba por entre las hojas del enorme árbol que crece afuera, la luz pintaba el cuarto de color dorado, todas las cosas del mundo ya estaban ahí. Después hubo miles de amaneceres más, sin embargo, tengo presente aquella ventana porque la imagen de ese momento particular era la de la primera conciencia cabal de mi vida, lo cual me maravilló de tal manera, que ya no podría mirar las cosas sin sus luces y sombras. Cuan significativos han sido los amaneceres donde el astro rey se asoma desde detrás del Popocatépetl, las tardes en la cancha de basquetbol, donde nuestras sombras contra el piso nos imaginaban como gigantes y alentaban, de alguna forma, nuestros juveniles esfuerzos en aras del dominio del balón. Cuan nostálgicas las noches, de luces amarillas o verdosas, de sombras duras y charlas etílicas o largos y amistosos cafés. …

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