El juego y la duda


No son pocas veces las que hemos contado que este gusanito audiovisual nuestro se gestó desde el ocio, gastándonos cientos de tardes viendo películas de acción gringas y dramas telenoveleros. Desde esa despreocupada trinchera desarrollamos los vocablos de la gramática visual que compondría nuestros primeros discursos. Todo era muy básico, no había mayor complicación que el divertimento por el divertimento. Eso estaba bien.
Idealmente, todo aprendizaje debería seguir esa tónica lúdica: el juego es más interesante que la formula repetida, y si este juego atrapa verdaderamente nuestro interés, se volverá cada vez más demandante, pero también más divertido. Pronto necesitaríamos nuevos vocablos, otras imágenes que ya no encontrábamos entre explosiones o en las historias de amor tan chatas de la televisión. Apenas decidir buscar en otros lados, nos encontramos en un alud de posibilidades; el mundo se nos presentaba con los brazos abiertos, y era demasiado grande, los temas infinitos, el tiempo muy poco. Nuestro ahínco por hablar de todas esas cosas crecía, pero, por encima de ello, la urgencia del cotidiano nos llamaba con fuerza.
Esa urgencia no nos es ajena a ninguno. Es la necesidad de llevar comida a casa y estar a tiempo con la renta. Es ese modelo de conducta que aceptamos como válido. El camino que deberíamos tomar, la modelo que, a fuerza de costumbre, se toma único. La patria espera de nosotros que seamos y formemos buenos hijos.
A esa urgencia hay que sumarle el deseo. Esa serie de anhelos inventados que nos venden con alegría y que compramos sin cuestionarnos siquiera si realmente los necesitamos. Estos deseos son los estándares del éxito, colocados en escaparates cada vez más altos, borrosos e incomprensibles, pero a la vez, brillantes, atractivos. Lo extraño es que los atendamos con interés, lo aterrador es la voracidad con que nos hacemos de los productos que estos estándares nos ofrecen. Nos contentamos con el sucedáneo de placer, y nos pasamos pronto a lo que sigue. Cuando el deseo se acaba, necesitamos suplirlo con uno nuevo. Entonces nos pasamos a lo que sigue, y lo que sigue, y lo que sigue a un ritmo agotador.
En estas circunstancias, ese juego lúdico que mencionábamos al principio se pierde de vista, se diluye en las preocupaciones de todos los días. Los ratos de ocio se gastan en el mero divertimiento por salud mental. Eso está bien, es necesario. Lo aterradoramente extraño es la clase de divertimento en donde nos refugiamos. Uno de ellos es la violencia, esa que llena las carteleras y los programas de televisión de balazos y complicadas coreografías. Nos gusta ver la violencia como una forma de distraernos, nos sentimos seguros del otro lado de la pantalla, pero cuando esa violencia deja de ser una serie de puntos en la pantalla y se vuelve parte del cotidiano, volteamos la vista, pretendemos no ver el estercolero donde nos encontramos.
Eso explica como una película como La libertad del diablo* tiene apenas unas cuantas copias en salas de cine de la ciudad. Everardo González no muestra una sola imagen violenta en su más reciente documental, sin embargo, lo que en él se cuenta es terrible. Habla del miedo, ese que respira desde hace años, pero que no queremos atender hasta que se siente en la entraña cuando uno ve las noticias, cuando se entera del asalto que sucedió anoche en la misma calle donde uno vive, cuando hay balazos en la colonia, cuando los vecinos comienzan a armarse, cuando los adolescentes que viajan en el mismo transporte público que tú van contando anécdotas de crimen como si fueran aventuras de borracho, cuando los retenes militares te cierran el paso por que están buscando a alguien. Ese miedo que crece cuando los asaltos se vuelven más violentos, cuando la ubicación de las ratas es secreto a voces, cuando un día uno de los tuyos no regresa.
Pero no se queda ahí, La libertad del diablo habla de víctimas y victimarios, les da voz, y el mismo rostro. El espectador, frente a estos testimonios, se enfrenta no sólo a esa parte de la realidad que no quiere ver, si no que lo confrontan consigo mismo, pues no hay juicio fácil ante las circunstancias de ambos bandos.
Al final uno se queda con muchas preguntas. Sale a la calle a despejarse, y el paisaje, aunque es el mismo, ahora luce distinto. Uno se llena con una imagen de sí mismo alejado de esa urgencia del cotidiano, ese deseo del ser y ese miedo por el entorno. Sin embargo, es una coraza que funge la misma función que el divertimento fácil. Uno no es realmente distinto de los demás, sólo tenemos distintas dudas.



*Garza R, Payán I, Carrillo Silva L. (productores) González E. (director). (2017) La libertad del diablo. México.: IFilms Boutique, Animal de Luz Films, Artegios

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