Motivos para marcharse.


La primera vez que charlamos con alguien acerca de realizar una película, lo hacemos con el entusiasmo de las primeras veces, ignorando el enorme camino para concretar ese proyecto. No las tuvimos con nosotros en ese momento, éramos unos muchachos con más ganas que ideas, y al ver que cada uno de los implicados en ese momento tomaba rumbo propio, guardamos todas las ideas de ese primario proyecto esperando que, en el futuro, tuviéramos mayor claridad de ideas. Nuestras circunstancias nos habían rebasado, o simplemente nos dejamos llevar.
Para el optimista de escuela, la circunstancia es una especie de obstáculo que uno decide sortear alegremente. Si bien es cierto que muchos consiguen sublevarse a ella, también lo es que la manera en la que piensan, las cosas que desean, las dudas que los invaden, están determinadas por su circunstancia. Los muchachos que fuimos no tenían la más mínima idea de cómo empezar un proyecto audiovisual, sus alcances estaban limitados, y, a decir verdad, sólo jugaban a hacer algo que rompiera la monotonía de los últimos meses del bachillerato. Años después, cuando buscábamos eco en las filas de compañeros del último año de la universidad, nos topamos con una situación similar: La gente pasaba de nosotros debido a que buscaban llevar a buen puerto, y con calma, un proyecto final de diseño gráfico. No nos preparaban como realizadores, y, después de repasar los problemas y sinsabores de aquella película de escuela, entiendo cabalmente las razones de cada uno de los compañeros que decidieron no subirse al barco. Las circunstancias no estaban a nuestro favor, sin embargo, insistimos en la realización de “Si te vas, déjame una lana” para llevar la contra académicamente, circunstancialmente, emocionalmente. Nuestra película es muy cuestionable, cierto, pero nos dio un motivo para sobrellevar los sinsentidos de aquellos días, lo que no es poco.
Y más importante aún, todos los errores y horrores de aquel proyecto nos llevaron a decidir que queríamos hacerlo mejor. Por eso insistimos en continuar con proyectos más pequeños, realizados más o menos en las mismas condiciones. Hubo quien nos preguntó si vivíamos de aquella labor, y nosotros respondíamos que sí, pero pagábamos las cuentas haciendo otras cosas. Era muy divertido, la mayoría no nos entendía, y eso nos llenaba el ego de aire y el buche de palabras hasta que la circunstancia nos alcanzó de nuevo.
Entonces llegó la recesión de los últimos años de la década del 2000, y nos pegaría durísimo. No volveríamos a hablar de proyectos imperdonables sino hasta dos años después del último corto, a terminarlos pasados cuatro años más, y de repente, parece que ha pasado mucho tiempo, en la balanza de las cosas inmediatas no parece que haya verdaderas ganancias. Eso y la circunstancia acusando de presente nos lleva a la peligrosa pregunta: ¿Ha valido la pena?
Hay días en que podemos responder que no sin pensarlo demasiado, pero esta respuesta también está asentada en lo inmediato, en el cotidiano, en aquello que las buenas costumbres esperan de cada uno de nosotros. Embarcarse en un proyecto audiovisual es una chinga muy costosa, demanda mucho tiempo, mucho esfuerzo, y es un completo volado. Nada parece estar a favor del realizador, las oportunidades son pocas y malas; ante esta perspectiva, lo más sensato que puede hacer uno es marcharse.
También están los otros días, esos en los que lo aprendido nos saca del hoyo, y una nueva luz ilumina una serie de posibilidades que se nos antoja recorrer, entonces, sin pensarlo mucho, respondemos que sí; que la chinga y el tiempo invertido nos han dejado más que lo inmediato. En esos días vale la pena, porque encuentras el hilo que te llevo a la encrucijada, una pista de las razones de tus apuestas, otra moneda para lanzar un nuevo volado. Tomas el teléfono y haces algunas llamadas, algunos ecos siguen ahí, todavía dispuestos a apostar contigo. Entonces vale la pena arrojarse de nuevo a pesar de lo perdido, y, alegremente, los motivos para marcharse se tornan los mismos para quedarse.


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