Amor a la luz


El recuerdo más lejano que tengo es la ventana del cuarto de mis padres. Desperté, esa mañana parecía ser la primera de mi historia personal. El rayo del sol se colaba por entre las hojas del enorme árbol que crece afuera, la luz pintaba el cuarto de color dorado, todas las cosas del mundo ya estaban ahí. Después hubo miles de amaneceres más, sin embargo, tengo presente aquella ventana porque la imagen de ese momento particular era la de la primera conciencia cabal de mi vida, lo cual me maravilló de tal manera, que ya no podría mirar las cosas sin sus luces y sombras. Cuan significativos han sido los amaneceres donde el astro rey se asoma desde detrás del Popocatépetl, las tardes en la cancha de basquetbol, donde nuestras sombras contra el piso nos imaginaban como gigantes y alentaban, de alguna forma, nuestros juveniles esfuerzos en aras del dominio del balón. Cuan nostálgicas las noches, de luces amarillas o verdosas, de sombras duras y charlas etílicas o largos y amistosos cafés. No lo teníamos en claro en nuestra primera juventud, pero esa fascinación por el claroscuro y la manera en como afectaba nuestro ánimo terminó de moldearnos en cuando caímos en cuenta de las miles de significaciones que la luz otorgaba a la imagen cinematográfica. Ahí estaba Macario, un jovencísimo Ignacio López Tarso maravillado al entrar a la cueva donde la muerte tiene un mapa de todas las vidas del mundo en forma de millones de velas que arden mientras dura la vida. Ahí está también Sean Young, mirando como todo lo que creía acerca de sí se iba a la mierda al enterarse de que toda su vida era una serie de memorias implantadas en una escena de Blade Runner; Ahí estaba la madre tratando de revivir a su hijo en la única escena que recuerdo de la adaptación cinematográfica de Cujo. En esto ejemplos, tan disímbolos entre sí en tanto sus valores cinematográficos, lo importante es la luz y lo que evoca.
No son gratuitas las escenas azules y amarillas, de sombras duras y pocos diálogos de nuestros trabajos escolares. Con esas imágenes queríamos hablar de nuestro amor a la noche, a la poesía, al cine. Posteriormente, cuando no teníamos mayor infraestructura que una cámara y la luz del día, nos vimos obligados a buscar otra forma de significar esas cosas que queríamos plasmar en pantalla. Los protagonistas de Candy Powder son un chile y un durazno en una vulgar y hosca alegoría a su condición de amantes; el ninja de El hambre del hampa practica el arte de la invisibilidad escondido ingenuamente en una caja. Nuestros signos eran absurdos, risibles, no nos tomábamos en serio las historias, si no la realización en sí misma. Como ya lo contamos antes –y según veo, contaremos ad nauseam- estábamos aprendiendo el oficio, y con el oficio aprendíamos de nosotros mismos: no sólo amábamos las posibilidades de las luces y las sombras, amábamos la realización porque en ese lugar traído al mundo a base de mentiras podíamos ser, paradójicamente, completamente honestos. No necesitábamos tener la razón, ni estar seguros, ni siquiera necesitábamos el reconocimiento del otro. Juntarnos para tirar un corto escrito a base de estupideces era una forma de hablar de aquella ventana, memoria infantil que fue el primer wow en la vida. Hoy, desde la trinchera de una agencia de publicidad, echamos de menos las sensaciones que la producción de cortos traía consigo, como sucedáneo, todavía buscamos esos momentos en que la luz incide en las cosas, y le da significado. Aunque, es importante decirlo, las luces, las sombras, las ventanas al amanecer ni la imagen cinematográfica significan nada por sí mismas. Es uno el que les otorga valor, significado, y cierto sentido.           


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