Aprehender.

Aprendemos por imitación. La manera en como andamos, hablamos o nos conducimos es resultado de ese aprendizaje. Adoptamos modelos y sobre ellos vamos haciendo ajustes para acercarnos a eso que admiramos o anhelamos. Así el cine; este se ha nutrido de los avances tanto narrativos como tecnológicos que los distintos realizadores han conseguido a lo largo de los apenas 121 años de historia de este arte u hosco oficio. El cinematógrafo no perseguía ser lo que es hoy día. Para los Lumière, este invento no era más que una curiosidad científica de la cual podían sacar cierto beneficio mientras a la gente le durara el furor por aquellas imágenes en movimiento. Fueron otros quienes vislumbraron un futuro mayor en el cine, así que compraron o copiaron el invento de los Lumière, le hicieron ajustes y mejoras y llevaron el cine a distintos rincones del mundo. A estos visionarios les siguieron otros que veían en el cine no sólo posibilidades artísticas y narrativas, si no de negocio. Estos fundaron los primeros estudios, aprendieron el incipiente negocio adoptando y adaptando diferentes métodos de producción; mirando, analizando,  imitando al estudio exitoso en aras de fomentar la realización cinematográfica, y hacer crecer las arcas.
De esta forma se cimentó una industria que cada país fue nutriendo con las voces, temas y aportaciones narrativas de sus particulares realizadores. Había un modelo, una forma de hacer las cosas. Aquellos visionarios que habían proyectado el éxito financiero del cine se regodeaban de sus alcances mientras otros grupos crecían de forma paralela, sin buscar ese ruido mediático, si no cierta libertad temática, de producción y de expresión. Estos grupos adaptaron los métodos de las grandes productoras para hacer ese otro cine, el de autor de la nouvelle vague, el cine independiente de los norteamericanos, y en ambos lados de estas líneas está nuestro cine. Ese que se considera tuvo sus mejores cotas en las primeras décadas del siglo XX, que fue espejo de la sociedad post-revolucionaria y que, además, encontró el tan anhelado éxito financiero en el cine de charros y, con ello, inaugurar el primer gran género de la cinematografía nacional. Todo marchaba bien, ¿dónde entonces perdimos el rumbo? Quizá las dinámicas del país, abanderadas con una promesa de modernidad, fue ganando terreno y atención; el público comenzó a no reconocerse, y por tanto, a dejar de lado la sala de cine mientras demandaba llenarse de otros temas; y ello, aunado a los eternos problemas de financiamiento, sindicales, de distribución y exhibición, fueron contribuyendo a que la joven industria cinematográfica nacional menguara en fuerza, más no en deseos de seguir produciendo. Luego vino el largo proceso de reencontrar ese rumbo de producción que continua hasta nuestros días. Este proceso no sólo debería buscar métodos de producción autosustentables y remunerados, si no que, idealmente, debería ser una voz, reflejo de nosotros mismos en tanto sociedad sin brújula. La  llamada “época de oro” no fue prolífica sólo por emular los procesos de la industria norteamericana, si no que, además, le hablaba a la gente, de sus problemas, sus deseos, sus temores; y lo hacía sin tecnicismos, juicios ni pretensiones. Con esto, no queremos decir que las películas de esa época sean mejores, sólo tratamos de encontrar tentativas de respuestas que expliquen un poco mejor por que hoy día es más redituable hacer un refrito de una película con cierto éxito de taquilla en lugar de abrazar a los nuevos realizadores que están en búsqueda de ese reflejo, esa vos, ese tema que diga: “Soy yo” en lugar de gritar “Yo quiero”
Nosotros somos, en buena medida, herederos de esa especie de orfandad. Crecimos viendo telenovelas y películas de acción y romance. A estos modelos se les sum la dinámica de la carretera informática que nos tiene al tanto del día a día de los planes de filmación, castings, avances detrás de cámaras, avances tecnológicos; además de noticias, propuestas artísticas, mala leche mediática, chismes, memes, y un sinnúmero de datos intrascendentes que van haciendo nuestro virtual cotidiano. Nos llenamos de citas, fechas, imágenes, ideas e ideales utópicos que van haciendo un marco de referencia, objetivo, y medida de éxito. Medirse con estos estándares resulta agotador por lo lejos que estamos de aquello que suele llamarse realizador exitoso.
 Zafarnos de ese círculo y encontrar camino propio es parte del objetivo. Nunca fue sencillo, pero, como ya lo habíamos escrito con anterioridad: Ha sido maravilloso.
Y todavía, y todavía, lo es…

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