Desde el principio

Uno de los temas obligados en una reunión de viejos amigos, cinéfilos, o camaradas realizadores, es el de las películas que nos inspiraron a hacer tal o cual cosa. En nuestro caso, no estábamos influenciados por las películas de los grandes autores, no. Nosotros veníamos del cuajo, de la banca del futbol llanero, y en el barrio no se admiraba a Bergman, si no a Ismael Rodríguez, a Ernesto Alonso. Queríamos ser como el enmascarado de plata, o Chuck Norris o el Stallone. Nunca quisimos hacer una película si no jugar como Hugo Sánchez, y que nos escogieran de los primeros para armar el equipo.
Pero había algo en el futbol que no terminaba de complacernos, las telenovelas más interesantes nos estaban vedadas,  y como solo había un televisor en casa, no había mucha oportunidad de ver nada a escondidas. Así que buscamos llenar esos huecos con los héroes de acción ya mencionados. Fue entonces que el cine cobró verdadera importancia en nuestra formación, el ídolo era un atleta que no buscaba una medalla, si no salvar el día. Nos dejábamos impresionar por sus historias y, de a poco, y lo más secretamente posible, anhelábamos ser los protagonistas, que nos tiraran un edificio encima y salir ilesos, y golpear a los malos, y quedarnos con la chica. Pero nos apenaba estar frente a la cámara, incluso hoy día nos cuesta tomar asiento frente a la lente para obtener las innumerables fotos tamaño infantil para los miles de trámites que la vida moderna demanda. Además, nuestra capacidad atlética no era suficiente para sacar adelante al desastroso equipo de basquetbol de la escuela y tampoco sabíamos como acercarnos siquiera a la compañerita; así que, en definitiva, ser actor de películas de acción no era algo que tomáramos con seriedad. Nunca quisimos realmente hacer una película, sólo juntar emociones para charlar de ellas en los viejos amigos.
Entonces llegó la adolescencia, y con ella cierto insomnio. Gastar las horas dando vueltas en la cama para conciliar el sueño no servía, así que encendíamos la televisión buscando arrullo y seguro que lo habríamos encontrado de no ser por que TV UNAM o canal once ofrecieran contenidos más nutridos y ricos que las telenovelas nocturnas que durante años intentamos ver. El barrio no hablaba de Fellini, pero Fellini empezaba a hablarnos a nosotros, y nos gustaba escucharlo. El equipo de basquetbol seguía siendo un desastre, seguíamos sin entender la dinámica de la mujer, nuestras juveniles energías nos mantenían despiertos durante horas, y sumadas, habíamos pasado la mitad de nuestra juventud en duermevela tratando de seguir a Svankmajer o a Sergio Leone. Jodorowsky nos parecía un charlatán, y no entendíamos por que le tomaba tanto tiempo decir algo a Bergman. Pero nos divertíamos con José Estrada o Emir Kusturika. Nos llenábamos de todas esas temas, pero no deseábamos realmente hacer una película.
Al menos no hasta que El mariachi salió a la luz.
Robert Rodríguez saltó a la fama por hacer esta película con un puñado de dólares y mucho ingenio. Al mundo le encantó el espíritu sobreviviente de El mariachi, eran los días en que los avances tecnológicos ponían al alcance de los realizadores independientes los medios de producción audiovisual. Eso, y la entrevista que le hizo Don Francisco en el desaparecido programa Sábado Gigante nos hizo darnos cuenta de que hacer una película, con escaso presupuesto, era completamente realizable. La idea nos encantó, además, El mariachi era tan mala que pensábamos que no podíamos hacer nada peor. Afortunadamente nos equivocábamos.
Nos topamos con pared, la cámara pesaba demasiado, no teníamos idea alguna del registro sonoro. No hubo magia, pues, estábamos parados al inicio  de la larga curva de aprendizaje audiovisual, sin entender como es que nuestras pretensiones cinematográficas no nos alcanzaban para conseguir que las imágenes grabadas no se parecieran ni tantito a aquellas secuencias que habíamos soñado. Era el mundo enseñándonos que no existe el realizador nato, que no teníamos tanta suerte. Y si queríamos seguir en este camino, debíamos trabajar duro. Y mucho.
Ahora podemos decir que algo sabemos respecto de producir, todavía estamos en esa curva que separa a los grandes narradores de los nóveles realizadores, pero queremos seguir con todo y los tropiezos. Ha sido un viaje muy grato.
Y todavía lo es.



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