Lo inmediato

En muchas ocasiones, en presentaciones, charlas informales o llenando convocatorias para concursos varios, nos han cuestionado acerca de la escuela donde estudiamos cine. A veces respondíamos lo primero que se nos ocurría, otras dábamos vuelta a la pregunta y muy pocas veces hemos confesado que estuvimos a nada de ser prófugos de nuestra alma mater. Estudiar cine era algo que nos parecía muy lejano cuando teníamos veinte años, pero, para nuestra fortuna, nos topamos con que el programa de estudios de la carrera de Diseño de la Comunicación Gráfica de la UAM Azcapotzalco contemplaba un año de talleres de producción de audiovisuales, razón por la cuál decidimos estudiar esta carrera. Así que, cuando la circunstancia y nuestros anhelos nos llevaron a buscar espacios en festivales y círculos de cortometrajes, nos encontrábamos a nosotros mismos como un elemento incómodo: éramos principiantes salvajes entre principiantes académicos, y nos fascinaba por que podíamos hacer cosas que aquellos nos se permitían, como adaptar historietas para cortometrajes, grabar en video Hi8 sin iluminación adicional o registro sonoro, trabajar con no actores, sin guion,  escaleta, o plan de rodaje; grabar en la calle, a escondidas pendientes de la hora en que llegara la policía para salir del lugar. Aprendíamos haciendo, muy a la mala, pero estábamos en mitad de nuestra propia curva de aprendizaje sacando lo mejor de nuestros referentes que eran las películas de acción de Silvester Stallone, el western, el cine de luchadores y las telenovelas. Nuestro sentido del romance estaba sacado de los lagrimas y risas que leíamos de contrabando en la peluquería, nuestro sentido del deber venia de las historietas de superhéroes. Sabíamos que eso sacaba ronchas, y nos dábamos gusto mientras nos permitíamos errar en la producción pues a nadie costaba si no a nuestro propio tiempo.
Pero, a todos nos llega la hora en que queremos hacer otra cosa. Comenzábamos a pensar en  adaptar a Italo Calvino, a José Agustín. Comenzamos a buscar apoyos que no encontrábamos porque, como bien sabemos o hemos escuchado, una parte del presupuesto destinado a apoyos para proyectos culturales se reparte entre amigos y/o recomendados, también es cierto, y esto lo escribimos con toda franqueza, nuestra falta de oficio no nos ayudaba. Es decir: Aprendimos, a fuerza de producir cortometrajes, el lenguaje cinematográfico; sabíamos contar una historia con imágenes, pero no sabíamos como elaborar una carpeta de producción o desglosar un presupuesto. Tener muchas ideas es importante, pero también lo es tener la habilidad para sacar adelante el proyecto presupuestalmente hablando. Puedes tener en tus manos el mejor guion, pero sin un productor que sepa negociar, abrirte puertas, y sacar adelante el proyecto, esa gran historia no es más que un archivo de Celtixs o papel para reciclado. 
Y viceversa. Puedes tener una historia que es tan mala que sea un insulto para el mar de entes pensantes que se precian de ser cinéfilos duros, sin embargo, si cuentas con el apoyo de un productor que sepa hacer el trabajo sucio, con toda certeza que esta historia tendrá un lugar dentro de los anales de los grandes bodrios cinematográficos que la historia extrañamente atesora, la crítica la hará pedazos, las revistas especializadas se preguntarán cómo es que esta película y no otra con mayor profundidad, encontró eco y fondeo. Pero al final, lo que deberíamos hacer notar es que ese equipo está haciendo películas por que han puesto una parte de su empeño en entender cómo se lleva a bue termino un guion, como se produce y finalmente, como se distribuye una película. Todo lo objetable de los contenidos de estas películas es innegable, no pretendemos denostar el trabajo de otros realizadores cuyas historias son más elaboradas o con personajes muy complejos. Lo que anotamos es que una de nuestras grandes faltas, y de muchos camaradas, es que preferiríamos no tener que pasar por el dolor de cabeza que es el presupuesto, los permisos y mil y un cosas que hacen posible una escena en particular o una película en su totalidad. Odiamos abiertamente esa parte del trabajo y, sin embargo, dadas las circunstancias de nuestra industria cinematográfica nacional, este tema de producción es obligado. 
En el curso de estos años, hemos escuchado un mar de quejas respecto de la falta de apoyos gubernamentales o las grandes trabas de buscar apoyos privados. A estas quejas las acompañan las conversaciones informales donde el equipo de trabajo se confiesa a si mismo que no le gusta la producción, y no solo en nuestro círculo silvestre de producción audiovisual, si no en equipos de trabajo profesional. ¿Cuáles son los alcances de incipientes proyectos en estas circunstancias? Siendo objetivos, y teniendo en cuenta el peso de la taquilla como regente y condicionante inmediato para la liberación de los tan ansiados apoyos, no parece que los alcances sean muchos.
 Quizá estamos generalizando demasiado. Ojalá que si, ojalá  sucediera que una oleada de producciones independientes emergiera como si de un tsunami se tratase, y nos mostrara que vemos y oímos en corto, sin un panorama verdadero. Y que lo inmediato no sea obstáculo ni determinante para que los realizadores vean realizados sus proyectos, si no todo lo contrario.



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