Dirigir.

Cuando comenzamos a producir nuestros primeros ejercicios audiovisuales, no estábamos comprometidos con nada más que nuestros caprichos visuales. El contenido pasaba a segundo plano y nos concentrábamos en la imagen. Podíamos darnos tal licencia pues estábamos cobijados por el manto de una escuela, arriesgando nada más que una calificación, y además, rodeados de amigos y compañeros que confiaban en nosotros y nos dejaban hacer lo que queríamos con los guiones, la cámara, y la isla de edición. Todo era un juego, y así lo tomábamos hasta que, más adelante, nuestras pretensiones cinematográficas nos llevaron al guión de “Si te vas, déjame una lana” y con ello, a la imperiosa necesidad de buscar ayuda al Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad De Filosofía y Letras de la UNAM, pues la cantidad de personajes en pantalla era importante. Así que nos pegamos unos cartelones al cuerpo, eran amarillos, con grandes líneas diagonales a modo de letrero de precaución, y una letra gruesa, sin patines, que decía: “Buscamos talento” y en letras más pequeñas: “Por que nos hace falta” Tales cartelones nos parecían muy ingeniosos, y de hecho, logramos captar la atención de los muchachos que nos después nos ayudaron a sacar adelante “Si te vas…” Todo era un juego, si, hasta nuestro primer día de llamado en que nos dimos cuenta de que nunca antes habíamos dirigido actores.

Caímos en pánico.

Pero no podíamos dejarnos llevar por el nerviosismo, la locación, el transporte, los muchachos estaban esperando. Ya había mucha gente implicada en el proyecto, y todo el tiempo y los esfuerzos que la realización implica nos enseñaron que, con todo lo divertido que la producción es, no es cosa de juego. Tomamos todas las ideas que teníamos acerca de lo que una película debe ser, y comenzamos a dirigir.
Tuvimos la fortuna de que los chicos pronto se dieron cuenta de las circunstancias que rodeaban a la gente de Producciones Imperdonables: era un grupo de muchachos tratando de mostrar que podían sacar adelante un proyecto de ese tamaño. Para gran fortuna nuestra, los chicos se comprometieron con el proyecto, y nos entregaran, con todo y nuestras limitaciones, su confianza. Ellos nos escuchaban, atendían a nuestras indicaciones, sugerían ajustes, acciones, se dejaban dirigir. Nos enseñaron mucho, y con su confianza, nos inyectaron la confianza que necesitábamos en ese momento.
La relación actor-director es muy compleja. Un actor está expuesto en el escenario, en la pantalla, es el director quien lo expone. Por eso es tan importante el que esa relación, actor-director, esté basada en la confianza, por que si el actor no confía en el director, entonces el actor no se expone, no se arriesga, no se deja dirigir. El actor sabe cuando el director no entiende a bien de que está hablando cuando cuenta la historia del personaje que el actor encarna, entonces la relación se rompa, y las líneas, las acciones, los momentos en pantalla no son verdaderos. En aquella campaña de videojuegos de que hemos estado escribiendo en las últimas entregas, nos pasó algo como lo que describimos líneas arriba: Contábamos la historia de un jugador que debía cumplir el encargo de su mamá antes de entregarse al juego, pero antes de siquiera salir, la madre le entregaba, junto con las lista, un largo discurso, típico de las madres cuando deben llamar la atención de los hijos. Hoy día, al ver de nuevo el spot, notamos que las indicaciones que le dábamos a la actriz estaban dadas para tener resultados. Le decíamos cosas como: “Dile que no va a poder salir” y ella lo hacía, pero encontrando el resultado contrario. Pronto, nuestra actriz ya no permitió que la dirigiéramos, tomo el rumbo que creyó más adecuado, y no se arriesgó. La confianza estaba rota, la escena vacía, y nuestras dirección, sin resultado alguno.
No hay un manual de dirección de actores, no hay reglas. Lo que existen son herramientas, recursos adaptables a cada situación, desechables incluso, pues todos los actores son distintos y distintas son las circunstancias de cada historia, de cada producción. Todavía tenemos mucho que aprender del oficio, pero lo que si tenemos bien entendido, es que las ideas preconcebidas de cada historia son apenas un atisbo de todo el trabajo de preparación antes de grabar nada, y una vez que a comenzado el llamado, es importante dejarse llevar, pues ahora la historia se está contando, y uno sabe -debe saber- hacía dónde se dirige, pero no hay forma de saber como llegaremos allá.
Ese camino es lo que hace tan nutrido y vigorizante, y aterradoramente emocionante, este oficio nuestro.


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