La realidad frente a la cámara

Sentido místico

Cuando somos niños, -es decir, infantes, no vaya a pensarse que excluimos a las niñas por no traerlas a colación como dictan las nuevas y buenas maneras; no, a ellas, a las mujeres, el aparato normativo, por mucho tiempo, las dejo fuera del juego fantástico para enseñarles a lavar la ropa y cocinar, pero ese es otro tema, solo teníamos que hacer la puntual aclaración- Cuando somos infantes, nuestra imaginación es volatil, ese polvorín estalla reaccionando al fuego del folclor, la tradición, la historia, o todas revueltas; esta explosión se vuelve un escaparate de historias interminable. A esto, hay que añadir un elemento propio del niño –y la niña- eso que los alemanes llaman wundersuht, el sentido místico de la realidad, de lo mágico y lo sobrenatural que se experimenta, en la niñez, mediante ruidos y visiones; cuando de adulto, todavía te pones nervioso por que los muebles truenan durante la noche, quizá todavía no has superado esta etapa, pero eso no tiene nada de malo siempre que puedas manejarlo en aras de ese escaparate fabuloso mencionado líneas antes. Ese sentido de lo místico es el que le da vida al bestiario bajo la cama, a las quimericas apariciones en los libros de cuentos y voz a las deidades (buenas o malas) que pueblan nuestra niñez y nos hacen, de alguna manera, crecer –aparte de los regaños de mamá o papá cuando se cansan de despertar de madrugada para consolarte de un mal sueño- A muchos, esos temores nos atraen, ese sentido místico nos alimenta y alienta la dirección de muchas historias cuya imprecisión en sus datos permite atañir matices de fantásticos, dando paso a las leyendas.
Para quienes fuímos infantes en los ochenta, encontramos un caudal de esas sensaciones en muchas de las películas fantásticas de la época, aquí el homenaje que hacemos de un cine ya dejado atrás, el de ninjas.



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