Comenzar (tres)

Aquella película –no sé si pueda nombrarla así, pues su sustrato es la cinta magnética de video- “Si te vas, déjame una lana”, supone el primer paso de nuestra particular escalada en el verdadero aprendizaje del lenguaje cinematográfico, no en tanto técnica, pues esta –sin afán de minimizar su importancia- puede ser aprendida en el ejercicio del solo mirar. Me refiero a aquello que el cine transmite, esa peculiaridad de hablar de la verdad de uno –aquello que es valioso, aquello con cierto sentido- en medio de tantas mentiras, ese registro de momentos expuestos al espectador con el fin de hallar un eco en él, y darse cuenta de que nuestra película, en ese sentido, no esta completa por el hecho de que cada momento esta planeado para romper con el anterior, lo cual no nos conduce necesariamente a lo que llamamos accidente –esa serie de eventos por la cual vamos aprendiendo acerca del mundo, o el uno del otro- esto debido a que nuestro drama estaba sujeto a las palabras, se sostenía por medio del argumento, hecho que signa lugares propios de la literatura y ajenos al cine. Ciertamente, nuestro personaje no habla de sus sentimientos, no describe lugares o emociones durante sus líneas, no habla más que de sus circunstancias dentro de la propia película, y sin embargo, son palabras y en palabras donde se van construyendo las imágenes, donde se va descubriendo el accidente, a grado tal que sol hay unas cuantas líneas que quedan en la mente del espectador, un ejemplo. En un momento de la película, César, el protagonista, se dirige a casa de Matías, amigo de Maru –la protagonista- en busca de respuestas, y lo hace de prisa, demandando rapidez a su premura. Por cortesía, Matías invita a pasar al apurado muchacho, pero este se niega, tanto, que al otro no le queda más que caer en peticiones reiterativas y tan absurdas como: “Por favor, hazme el favor”. Y el público ríe al escuchar esta frase que no estaba escrita en el guión, si no que surge cuando le pido a los actores que dejen fluir la escena, que no se aprendan los diálogos, si no que entiendan los particulares motivos del personaje en esa situación tan incomoda, y el resultado es maravilloso: un momento sin precedente argumental, un accidente. El breve silencio que sigue a esta frase es más significativo por las circunstancias en las que se da. ¿Cómo negarse a tamaña petición” César se rinde y decide pasar al departamento de Matías sin replicar más en la escena más lograda de la película.
Las luces están apagadas, el reflejo de luz de la pantalla me permite ver atisbos de rostros durante la primera proyección de Si te vas, déjame una lana, y es en momentos como ese, durante la proyección del accidente, que aprendo, que en realidad aprendo, La retórica del silencio habla más en claro que un argumento de un par de minutos, los momentos son más vividos cuando existe un precedente que nos lleve a ese lugar que llamamos accidente, a ese rozar las condiciones de la existencia, hallar esa única luz. El guión es apenas el primer paso, es la guía de un rompecabezas que toma forma en la idea de la película ya terminada, no un dictamen absoluto. Cuando los créditos finales surcan la pantalla, un aplauso regresa el pulso cardiaco a nuestro cuerpo, lo habíamos logrado, por intuición quizá, pero nos habíamos permitido el no aferrarnos a nuestro propio guión para encontrar esos pequeños lapsos en donde la vida queda registrada como tal.
La proyección a terminado, el último espectador abandona la sala y nosotros nos quedamos con sensaciones inherentes a aquello que acabamos de ver, a esos silencios que nos mostraron cuanto de si guardan para avasallar la sala con una resonancia que el dialogo no tiene, o que mejor dicho, guarda en menor medida en proporción de cada palabra que esta sobrada y sin valor alguno. De ahí una serie de introspecciones que darán forma a nuestros próximos proyectos, Aquí el primero de ellos.

llueve

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